domingo, 6 de julio de 2014

... para sorprenderme??

Nunca jamás, un país de ilusión y diversión donde los únicos protagonistas son la imaginación y los sueños. Sí, ese lugar donde te conviertes en un mero espectador del circo de los sentidos, en el que el ruido es mera melodía y el gusto es sinónimo de placer.

Salón La Manduca de Azagra Si pienso en un lugar que cumpla con ésto, sólo puede ser el destino al que mi gurú de los sentidos me condujo hace unos días: La Manduca de Azagra.




Al entrar encuentras esa sonrisa que cada vez es más escasa en la capital. Te sientes especial y así te hacen sentir hasta que te vas... ¡Pero qué estoy diciendo! Si soy especial siempre...

La decoración, fria y austera se ve compensada con una carta seleccionada con el mayor de los mimos y un gusto de lo más exquisito. Clásica pero actual, moderna pero tradicional, sencillamente elegante.

La separación entre las mesas y la música de ambiente te abstraen y generan una burbuja de la que no quieres salir nunca. Sosiego, tranquilidad y exquisitez serán tres de tus acompañantes el resto de la velada.

Como no podía ser de otro modo, la esmerada selección de vinos hace que no sea fácil decantarse por un protagonista entre todos los aspirantes. Finalmente, un Remelluri reserva 2007 no podía fallarnos. Y como no podía ser de otro modo, cumplió su cometido con sobresaliente...

Pimientos del cristalComo obertura al éxtasis que alcanzarán nuestras papilas gustativas, nos presentan un aperitivo de chistorra con un tomate de la huerta que nada tiene que envidiar a los que con todo su cariño cultiva mi padre en su huertecito de Galicia. ¡Hora iba siendo de que alguien en esta noble villa le diera el lugar que se merece a las hortalizas y verduras!

Alcachofas fritas
Tras minutos pensando qué seleccionaríamos como entrantes de nuestro particular festín, nos decantamos, guiados por el maître, por las alcachofas fritas, los pimientos del cristal asados en parrilla y unos puerros templados. La calidad y el intenso sabor de nuestra selección me dejó completamente absorta durante unos instantes. De hecho, si en algún momento de mi vida me convierto en vegetariana, sin duda mi templo de peregrinación culinaria será éste.



Llegaba el momento del entreacto y yo me encontraba divagando por la octava dimensión vegetariana, convencida de que si existe un paraíso no puede ser otro que éste.

El momento fue corto pues pronto llegó la camarera con el siguiente plato que daría comienzo a la segunda parte de la ópera sensorial. En sus manos traía lo que sería el momento culmen de la velada, el plato fuerte sin el que nada habría sido lo mismo. Fue ahí cuando comprendí la importancia y el sentido de ser un animal carnívoro: el solomillo de ternera estaba sublime. Las lascas de sal por encima, la calidad de la materia prima y el sabor a parrilla de siempre hacían que fuera perfecto... Cada bocado era un acontecimiento.
solomillo de ternera

Finalmente, como colofón final a tan extraordinaria ópera, pedimos la carta de postres, convencidos de que sólo nos faltaba acariciar el cielo con la palma de la mano.


Pues bien, he de decir que para mi gusto, este apartado es el talón de Aquiles de tan buen restaurante. El cielo se cerró de golpe para nosotros y la exquisita selección de entrantes y platos fuertes contradice la escueta y simple carta de postres a la que falta variedad y fuerza. Te deja con la miel en los labios, con la sensación de que podían haber puesto el broche de oro a una magnífica obra que sin embargo se termina...

Eso sí, a pesar del corto final, no puedes hacer otra cosa que levantarte y aplaudir. Soy de las que viven intensamente cada momento y os aseguro que cada minuto que pasé sentada en esa mesa no lo cambiaría. Aunque bien es cierto que sin la compañía no habría sido lo mismo. Gracias por sorprenderme con tanto acierto.

Si quieres hacer que alguien se sienta especial y viaje por el universo de los sentidos, sin duda La Manduca de Azagra lo conseguirá con sobresaliente.










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